lunes, diciembre 19

Jingle bell

Hace varios años ya que cuando llega diciembre tengo la costumbre de mentir que odio la navidad. Miento para ahorrarme el relato, y para no tener que andar aclarando que en algún momento me hacía tan feliz como a muchos niños y ahora es un momento del año en el que la paso como el orto. 
Podría empezar diciendo que lo que más me entristece son los contrastes: hace más de cinco años que no abro un regalo a las 12. Mis últimas navidades pierden por goleada con las navidades de la infancia, donde las mentiras económicas del menemismo nos permitían llenar el arbolito. También, hace 9 años que no está mi abuela, lo que necesariamente hace a las fiestas más tristes, pero sobre todo, con mucha menos comida. Sí, ya sé, extrañar a los abuelos en las fiestas es el lugar más común de todos, pero que sea común no lo hace menos doloroso.
Para continuar mi cruzada anti-fiestas habría que agregar a la lista los traslados  en colectivo (siempre accidentados o demorados) Tucumán/Jujuy/Tucumán para pasar una fiesta aquí y la otra allá. Lo que me lleva inevitablemente en el tema de la decisión de dónde pasar tal o cuál fiesta, para poder coincidir con primos y tíos en ambos lugares, intentando siempre conformar a todo el mundo menos a mi.
Todo esto, coronado por el espíritu del revisionismo de fin de año y los balances fallidos, forma en mi interior un cóctel digno de bomba Molotov que solo se puede desactivar el 1 de enero, concluido todo el frenesí.
Este año, bastante cansada de todo esto, intenté apropiarme de la navidad. Quise organizarla feliz, invité a todos aquellos con los que quería compartir, gasté mis dos últimos sueldos íntegros en comprar regalos para todos y cocinar cuanta comida se pudiera. A una semana del dichoso 24, más de la mitad de los invitados ya avisó que no va a venir, me pelee con mi mamá por los sabores del helado y con mi novio por los sanguchitos de miga, y todavía no armé el arbolito. La decepción es grande como una casa y pareciera pesar más que antes todavía.
Al final, para reducir mis expectativas, me parece que es mejor seguir mintiendo que odio la navidad y anhelándola en secreto.